martes 5 de abril de 2011

MENTAR A LA MADRE


Hay algo que me irrita profundamente en Bernhard, y eso es precisamente lo que, creo, le hace un gran ecriteur. Sus estilemas, su escritura abrupta, excesivamente repetitiva, tosca en apariencia –no hablamos del ritmo, que sin duda hay–. No es una escritura bella ni mucho menos. Desafía todo lo estéticamente aceptable para el mercado, para la prosa funcional, para la poesía, para el "sonar bien". Tene algo de narrador desagradable que al mismo tiempo es fascinador porque hay una permanente lucha en el seno lenguaje (repetir sintagmas de forma machacona para dar a entender que ya no hay sentido; el sentido voló, se esfumó, y al otro lado hay sangre y mugre).

De EL ORIGEN:


“Somos procreados, pero no educados, con todo su embrutecimiento, nuestros procreadores, después de habernos procreado, actúan contra nosotros, con toda la torpeza destructora del ser humano, y lo arruinan todo, ya en los tres primeros años de su vida, en ese nuevo ser, del que no saben nada, sólo, si es que lo saben, que lo han hecho aturdida e irresponsablemente, y no saben que, con ello, han cometido el mayor de los crímenes.”

En fin, que este señor hace pública una especie de moral contra todo, y cagarse en todo sólo es posible cuando uno no adorna el lenguaje pero tampoco prescinde de su lucidez.

Leerle es como quedar a tomar cañas con un imbécil; sí, un hombre sucio, malhablado, hediondo, que agita los brazos y nos llama gilipollas y, por alguna razón, uno siente altas cotas de vergüenza ajena. No de ese hombre hediondo, repulsivo y brutal, sino de sí mismo.